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Hay espectáculos teatrales que se convierten en instrumentos imprescindibles para la reflexión social y personal. Es el caso de El principi d’Arquimedes, una obra con la que el dramaturgo catalán Josep Maria Miró penetra de forma sutil en la conciencia del espectador para inducirlo a reflexionar acerca de como sus miedos y prejuicios pueden condicionar y condicionan sus relaciones humanas, su confianza e, indiscutiblemente, su capacidad de juicio.

Tomar conciencia de como nuestra capacidad para juzgar situaciones se ve afectada de forma decisiva por los prejuicios y convicciones morales y sociales es el juego emocional que Josep Maria Miró, autor y director de El principi d’Arquimedes, esconde hábilmente en este  texto ganador del XXXVI Premi Born de Teatre 2011 y candidato a los Premios Max 2013. No en vano, ávida cuenta de las reseñas con la etiqueta #postfunció en las redes sociales de los espectadores que, durante el último mes y  función tras función han desfilado por La Villarroel para disfrutar la obra, queda latente que este drama bien construido y equilibrado, tiene la facultad de sumergirnos en un juego psicológico que abre brechas en la propia capacidad para determinar qué es el bien y qué es el mal, factor determinante para construir un juicio proporcionado y justo.

A Miró le bastan un vestuario de una piscina cualquiera, los monitores Jordi y Hector, Anna la directora del centro y una visita de David, un padre preocupado o desquiciado según se interprete, para construir un diálogo que, a base de saltos atrás y adelante, entreteje una situación compleja que, para desconcierto de los personajes y del propio público, saca de contexto un inocente gesto de protección y cariño de un adulto a un niño y lo convierte en el elemento sobre el que funda la sospecha y destruye la confianza y  los cimientos de las relaciones humanas, creando el caldo de cultivo idóneo para la condena  social de un inocente, aún a pesar que exista una duda razonable.

Con un ritmo excelente, una precisión exquisita  y una interpretación fenomenal de Albert Ausellé (Hèctor), Roser Batalla (Anna), Rubén de Eguia (Jordi) y Santi Ricart (David), este drama contemporáneo, directo y redondo, subraya un conflicto moral partiendo de una situación que muchos definiríamos como normal, pero que sacada de su contexto funda la sospecha en la mente del espectador y convierte a sus  prejuicios en los grandes protagonistas, dejando latente como estos condicionan su propia vida y la del entorno.

Coproducida por  Sala Beckett/Obrador Internacional de Dramatúrgia, Grec 2012 Festival de Barcelona y Associació Verins Escènics, esta obra de Josep Maria Miró a través de una evocación perfecta de la cotidianidad consigue imprimir con fuerza, en la mente del espectador, el efecto debastador que pueden llegar a tener los miedos y prejuicios que nuestra realidad inmediata ha construido en nuestro imaginario. Una lección magistral, a la que nadie queda ajeno y una forma magistral de aplicar la ley de Arquímedes a la construcción del juicio social: Un principio que, una vez zarandeados por el mensaje de la obra, podríamos atrevernos a enunciar así: “El peso de la sospecha y la duda sobre el comportamiento de un individuo es proporcional al volumen del abandono y la condena de su círculo social”

No se deben juzgar los síntomas como si fueran causas | André Maurois

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