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Hay personas que maravillan, no por el éxito o popularidad que tienen o por como destacan, sino por ese “ángel” que llevan asociado inexplicablemente, ese “je ne sais quoi” que las hace especiales y diferentes al resto de los mortales, elevándolas y convirtiéndolas en objeto de admiración. Como, también hay actitudes vitales que maravillan por la capacidad de reinventarse frente a las adversidades, de redescubrirse y de sacar lo mejor de la vida. Un ejemplo claro de ello es la trayectoria vital de Audrey Hepburn. (4 de mayo de 1929, Bélgica – 20 de enero de 1993, Suiza).

Veinte años sin ella y podemos seguir afirmando que Audrey formaba y forma parte de ese reducido colectivo de personas privilegiadas con “ángel”. Hoy miles de fotografías, artículos y, claro está, películas nos dan fe de ello. Sólo hace falta revisionar una escena de cualquiera de sus largometrajes (entre mis favoritos Roman Holiday,  Breakfast at Tiffany’s, My Fair Laidy Sabrina), para disfrutar y saborear nuevamente ese “algo más” que ella tenía y que constituye, creo, su legado más importante.

Audrey es un ejemplo de actitud vital, de persona especial. Ella, que iba para bailarina pero por falta de aptitudes se convirtió en actriz, en una gran actriz, hasta el punto que en junio de 1999 la American Film Institutela incluyó como  la tercera gran leyenda femenina del cine americano de  todos los tiempos, dentro de una exclusiva lista que conforman tan sólo 50 grandes estrellas (25 actores y 25 actrices). Ella que no se consideraba hermosa y a quien, incluso, su madre tildó una vez como “patito feo” se convirtió, con su “savoir faire” y “savoir être” y sin ni siquiera proponérselo, en un icono atemporal.

La sencillez y la discreción formaban parte de Audrey. Su sonrisa, su dulzura, su humildad  y su humanidad la hacían única y especial. Su forma de vestir, alejada de lo recargado, lo insinuante y lo vulgar, donde los protagonistas eran los tonos básicos y discretos, los pantalones capri, los cuellos de tortuga, el Petite Robe Noir (vestido negro a la rodilla), los mocasines, las manoletinas y como mucho los “kitten heels” (zapatos de tacón de menos de 5cm. de altura), daba sentido a la máxima de Coco Chanel “la moda pasa de moda, el estilo jamás”. Características todas ellas que, a través de una mágica combinación, constituyen ese “algo más” especial que ella tenía, y que determinaron la adoración, el cariño y la admiración del público de aquella época y de muchas generaciones posteriores, como es mi caso.

“Nothing is impossible, the word itself says I’m possible”. Audrey Hepburn

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3 pensamientos en “Audrey

  1. Buena calificación de esta gran actriz, q se adapta a todos los tiempos, siempre me cautivó su ingenuidad y su chispeante mirada.

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